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Bienaventuranzas del voluntariado social

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Bienaventurado el voluntario que no sólo “se matricula” en su voluntariado, sino que se forma y se informa constantemente de todo lo necesario para no meter la pata. Sobre todo, si no aprende de memoria la lección, sino que adapta la formación a sus motivaciones y a sus características personales. Bienaventurado el que sabe planificar su vida para no tener que fallar a su compromiso. Afortunado si sabe compaginar el examen de febrero, el paseo con el novio, el partido del Real Madrid, las copas del fin de semana y las necesidades fisiológicas con su acción voluntaria. Y, en caso de conflicto, bendito si su sentido común le lleva a no dejar de lado aquella actividad donde está implicada una persona excluida. Bienaventurado si, en casos de fuerza mayor, sabe utilizar el teléfono o recurrir a los responsables de los programas o a sus compañeros voluntarios para que no cuenten con él. Bienaventurado el voluntario que sabe convivir y trabajar con aquellos que no piensan como él, sus compañeros voluntarios en primer lugar. Y bienaventurado si no pretende vestirse el mono de camuflaje para arrastrar prosélitos hacia otra plataforma ideológica que no sea el servicio desinteresado a los demás. Bienaventurado el voluntario que sabe que el marginado no es inferior ni superior, ni más bueno ni más malo que él. Ese sabrá distinguir lo común que nos une a los seres humanos y las diferencias que nos hacen aprender unos de otros. Beato aquel que no ve primero a un negro ni a un blanco, ni a un pobre ni a un rico, sino que sabe ver primero al ser humano y después a la riqueza de adjetivos que lo definen. Venerable será si en primer lugar sabe aceptarse a sí mismo con sus matices y quererse, ese aceptará al otro como es sin tener que tolerarlo, “a pesar de sus bajezas”. Bienaventurado el voluntario que sabe trabajar en equipo y no se considera Superman ni mucho menos Spiderman (el hombre-araña que trepa). Bienaventurado aquel que gusta de Don Quijote como personaje literario, pero que sabe que su trabajo es muy real y válido para personas corrientes y molientes. Elogios merece si se considera más un Sancho Panza colaborador de las empresas nobles pero pegado a la tierra y a los problemas concretos de las gentes menesterosas. Ese sabrá poner límites a su acción voluntaria para que no se le convierta en una pesada losa y sabrá apoyarse en los demás para no caer en la tentación de creerse un mesías, aunque su trabajo sea imprescindible. Bienaventurado el voluntario que sabe convertir su trabajo en una actividad realmente gratuita por la que no espera que le den las gracias ni que su nombre pase a la lista de los elegidos entre el número de los buenos. Bueno será si disfruta con la acción voluntaria y no convierte al marginado en un “objeto” de sacrificio para alcanzar ningún fin sino como un fin en sí mismo. Bienaventurado el voluntario que no se toma su acción como un lavado de conciencia de tres horas semanales. Bienaventurado aquel que es capaz de pensar el por qué de las situaciones de injusticia. Aquel que propone soluciones preventivas y exige a quien corresponde que corte la raíz de los problemas que tienen solución. Bienaventurado si cuando protesta por estas injusticias lo hace desde una participación coherente en los problemas. Bienaventurado si entiende que el voluntariado es una forma de construir la democracia, una forma de tomar decisiones sin delegarlas en nadie. Bienaventurado si cuando busca una transformación social interpreta que no tienen que ser los extraterrestres quienes la hagan, sino cada uno de nosotros dentro de una organización o de un proyecto solidario. Y bienaventurado el voluntario que sabe transmitir la actitud y la sensibilidad que lo alimenta a aquellos que aún creen nadar en un estanque de pirañas.
Cristóbal Sánchez Blesa Presidente de Solidarios para el Desarrollo Periodista Vía COPE

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