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Pepa Nolla. Voluntaria con familias de menores LGTBI

"Me hice voluntaria cuando mi hijo me dijo que era gay"

Pepa Nolla lleva más de dos décadas atendiendo a familias con menores y jóvenes LGTBI. Por sus manos han pasado varias generaciones de adolescentes víctimas de la intolerancia; marcados por la soledad. También madres y padres buscando respuestas, ávidos de entender a "los que entienden". Hostelera de profesión, activista LGTBI y teórica del género, a Pepa le gusta definirse como una maruja normal que tuvo la suerte de tener un hijo gay. Gracias a él, ha comprendido la riqueza de la diversidad.

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¿De qué forma comenzaste a hacer tareas de voluntariado?

Comencé hace más de 20 años, cuando mi hijo me dijo que era gay. Acudí a Ampgyl (Asociacion de Padres y Madres de LGTBI) y me quedé como voluntaria. Al principio fui por necesidad y de ahí, pasé a quedarme.

¿Cuánto tiempo dedicas a esa tarea?

Unas 10 horas a la semana más o menos;  hay semanas que muchas más. Algunos fines de semana los dedico completos.

¿Y qué haces exactamente?

En la asociación atendemos a personas que solicitan ayuda por teléfono, e-mail, o mediante la red de acogida. Atendemos a padres y madres que lo están pasando muy mal porque las expectativas que tenían respecto a sus hijos e hijas se han destruido de repente. También tenemos grupos de ayuda mutua, organizamos conferencias, vamos a las escuelas y realizamos charlas para que la sociedad perciba qué es la intolerancia por género.

¿Y qué es la intolerancia por género?

El rechazo que se siente hacia las personas que no actúan como dictan las reglas del género. Cuando un niño te molesta porque es afeminado o porque juega sólo con niñas o una niña se queda sin amigas porque juega al fútbol en el recreo y es muy masculina estamos ante la intolerancia por género. El rechazo a “la pluma” es un síntoma de esa intolerancia.

 ¿Qué es lo que más te llena de tu tarea?

Las relaciones personales. Cuando te viene un niño o un adolescente, sea chico, sea chica o sea “chique”, que lo está pasándolo muy mal y ves que a través de nuestro trabajo y de nuestros protocolos va saliendo de esa situación tan espantosa que vive. Es algo muy gratificante; tremendamente gratificante.

También, cuando ves a una criatura que está viviendo acoso por temas de género y trabajas con la escuela para que ese acoso se acabe y ese niño finalmente, puede ir al colegio vestido como quiera, sin que le excluyan o le hagan daño. La felicidad de esos niños y adolescentes que ven como se transforma su entorno… Eso no tiene nombre.

¿Puedes contarnos alguna experiencia que te haya marcado?

Hay muchísimas. Por ejemplo, recuerdo a un niño de 14 años que cada fin de semana tenía un coma etílico. En su casa no entendían qué pasaba hasta que descubrieron que el chico consultaba una página gay en internet. Entonces nos lo trajeron y comprobamos que los comas etílicos eran una huida, no podía aceptar su homosexualidad.

Poder resolver estas situaciones resulta muy gratificante. Si bien, al principio te asfixia mucho ver que un chico con sólo 14 años está totalmente hundido, claro.

¿Hasta qué punto es necesaria la labor del voluntariado en la sociedad?

Para mí es tremendamente importante; mi voluntariado ha evolucionado hacia el activismo.  Creo que llegamos allí donde hay una necesidad de ello y eso, sin duda, es muy importante.  Para la persona que lo da, pero también para la que lo recibe. Es algo que te llena muchísimo.

¿En qué te ha cambiado la vida?

Me ha cambiado totalmente, me ha reportado una felicidad tremenda. Yo creo que te cambia la mirada, incluso, sobre el resto de las cosas.

¿Cómo animarías a la gente?

Diciéndoles que van a ver la vida de otra manera, que va a llenar las horas de otro modo, con una gratificación impensable. Aunque también depende del tipo de persona, hay algunas que quizás no tengan la necesidad de hacer voluntariado. Hay  tantísimas posibilidades, tantas cosas distintas que se pueden hacer…

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