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¿Cuál el futuro del Tercer Sector?

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por Francisco López y Segarra Presidente de la Plataforma de Voluntariado de la Comunidad Valenciana Tenemos futuro. Eso es el principio. Mientras exista una persona que nos necesite, está sobradamente justificada nuestra presencia. Las entidades del Tercer Sector –asociaciones, fundaciones, organizaciones no gubernamentales, etc- nacimos para dar respuesta a las necesidades que detectamos en la sociedad. Poco a poco fuimos analizando la situación, pactando con otros agentes sociales cuál podría ser nuestra colaboración y llegamos a tener un papel importante en la respuesta social. En este camino, fuimos asumiendo servicios a un coste justo. No tenemos afán de lucro. Y tampoco tuvimos nunca una solvencia inmediata. Existía cierta resistencia en el cobro dado que muchas entidades bancarias aportaban –a costa de un alto interés- la liquidez necesaria para poder llevar a cabo estos servicios de una forma digna. Colaboramos a construir la sociedad del bienestar, en la que nos sentíamos orgullosos de la respuesta plural que estábamos dando. Tanto entidades del Tercer Sector pertenecientes a la iglesia como otras aconfesionales, trabajábamos buscando un bien común. Un equilibrio que han roto en mil pedazos. Se ha utilizado la crisis para sustituir el Tercer Sector plural por uno más cercano a la iglesia católica y por el mundo de la empresa. Hoy resulta normal ver cómo determinadas entidades religiosas, grandes organizaciones o empresas entran a concertar con la administración pliegos de condiciones para un concurso, barajando conceptos como uniones temporales de empresas, adelanto de fianzas o estrategias que resultan cotidianas en los ámbitos lucrativos. Pero que al mundo del Tercer Sector, por su idiosincrasia, le deben quedar lejanas. Si a este contexto sumamos la retirada de los bancos, en los que nos hemos apoyado para hacer frente a los proyectos y a los que ahora nos vemos obligados a volver para conseguir la refinanciación de la deuda heredada de la administración –un compromiso destructivo-, no puedo dejar de preguntar –a riesgo de que pueda doler a muchos- ¿cómo pueden resistir estas entidades los impagos de la administración? ¿Es que en épocas anteriores hicieron tales ganancias que ahora pueden hacer frente a esta deuda? Tenemos que exigir un trato igualitario ante la administración, conocer la planificación de pago de la deuda y la prioridad que se da a cada caso para resolver esta situación lesiva para entidades y proveedores. Quizás un ejercicio de transparencia aporte algo de luz. Ética, moral y económica. Una transparencia que nos exigen a las entidades sin ánimo de lucro cada año y que es obligación de cualquier administración pública para generar confianza. Pero es aquí donde vuelve a saltar las dudas que, por el momento, tienen como respuesta el silencio. ¿Dónde están los fondos que la Unión Europea envió para cofinanciar proyectos destinados a fomentar el empleo que en 2010 y en 2011 y que las entidades sociales ya hemos justificado? l Y ante este contexto convulso, desde la visión de la solidaridad y el compromiso no lucrativo ¿cuál es nuestro futuro? Las entidades del Tercer Sector debemos tener capacidad de autofinanciación aunque en todo momento hay que ser conscientes que nos vamos a encontrar a personas que no pueden dar esa respuesta. Y no por ello se deben quedar sin atender o, en el mejor de los casos, ser derivadas a recursos -concertados- donde prima más la obtención de la plusvalía o el posicionamiento dentro de un credo que la pluralidad o la profesionalidad. Nuestro espacio a largo tiempo está en fomentar el voluntariado, dinamizar un nuevo perfil de trabajador solidario que esté encaminado hacia la excelencia y la productividad en los servicios, encontrar fuentes de financiación alternativas e individuales –banca ética- y motivar la responsabilidad social de la empresa. A corto plazo reside, principalmente, en saber decrecer, en motivar a los equipos profesionales a vivir de una forma distinta pero digna. Todo ello, con una transformación que irá dirigida hacia el crecimiento personal de cada una de las personas que componen las organizaciones y, claro está, una presencia pública desde la imparcialidad de nuestros mensajes que no se puedan confundir o tachar con ideologías o creencias que puedan tener las personas que en estas organizaciones están. Creo firmemente que el Tercer Sector no tiene ideología política, sino que es social. Por ello, el Tercer Sector puro debe construirse sobre la solidaridad y la ética en la competitividad, a pesar de que algunos compañeros de viaje han olvidado estos valores que durante mucho tiempo nos han diferenciado de las empresas con afán de lucro. Me siento orgulloso de nuestros voluntarios. De los equipos profesionales y de las personas que siguen viniendo a nuestros recursos y servicios. Porque a pesar de todo hemos mantenido nuestros principios –aconfesionalidad y carácter apolítico, autonomía, carecer de ánimo de lucro, coherencia, estructura horizontal, fortalecimiento organizativo e innovación- más aún, me atrevo a decir –y no considero que sea soberbia- que los hemos aumentado. Porque le hemos dado sentido a la participación sin protagonismos, a una transparencia sin límites y a una calidad con calidez que han hecho de estos tres valores la ilusión y la fuerza de seguir abriendo y cerrando cada día. Nuestro futuro aún está en seguir siendo un referente ético del Tercer Sector en nuestra comunidad, que impulsará, dinamizará y contribuirá a la mejora de la sociedad. Nos enfrentamos a una crisis mundial, no a una recesión. No podemos dividir fuerzas pero sí seleccionar nuestros compañeros para firmar alianzas y salir de ella.

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